Scenic view of the Roman bridge in Toledo, Spain, reflecting over a calm river under a bright sky.

Guerras culturales o convivencia: una elección de sociedad

El término «guerras culturales» se ha consolidado en el vocabulario político contemporáneo. No se trata solo de desacuerdos sobre estilos de vida, sino de auténticas batallas simbólicas en las que distintos grupos buscan imponer sus valores al conjunto de la sociedad. Estos enfrentamientos prosperan sobre debates abstractos —religión, género, identidad, familia— que polarizan y fragmentan a las comunidades.

El sociólogo James Davison Hunter ya describió en 1991, en Culture Wars: The Struggle to Define America, una América dividida entre ortodoxos y progresistas. Esta tesis fue cuestionada por Alan Wolfe, quien mostró que la mayoría de los estadounidenses adoptaban posiciones matizadas. Sin embargo, la metáfora de la guerra cultural ha tenido un eco poderoso. Organizaciones como la National Rifle Association han sabido transformar cuestiones sociales en luchas existenciales, alimentando un sentimiento de amenaza y movilizando a sus partidarios. En la era digital, estas fracturas se amplifican mediante redes sociales y campañas de desinformación, con consecuencias tangibles para la democracia y la confianza cívica.

Sin embargo, existe otra vía. El concepto de convivence, inspirado en la convivencia de la España medieval, propone ir más allá de la mera tolerancia. Como desarrolla Robert Lanquar, la convivence no es una armonía superficial ni una coexistencia distante, sino la integración activa de la diferencia en el corazón de la vida social. La diversidad no se considera un obstáculo, sino un recurso.

Mientras que las guerras culturales se basan en una lógica de confrontación —mis valores contra los tuyos—, la convivence invita a entender el pluralismo como un proyecto compartido. Reconoce el desacuerdo inevitable, pero rechaza que se vuelva destructivo. La educación, las instituciones cívicas y las iniciativas interreligiosas o interculturales pueden orientarse para crear espacios donde el encuentro prime sobre la confrontación. Incluso en el ámbito digital, plataformas centradas en el diálogo, más que en la indignación, apuntan ya en esta dirección.

Como resumió el periodista E. J. Dionne, la verdadera fractura está «entre quienes quieren una guerra cultural y quienes no la quieren». La convivencia no es un ideal ingenuo ni una nostalgia: es un proceso exigente, frágil, pero esencial para las democracias pluralistas. Allí donde las guerras culturales dividen y erosionan la confianza, la convivencia puede ofrecer una base de paz y de desarrollo compartido. Este es el objetivo de la Fundación Paradigma Córdoba para la Convivencia y de su Foro mundial de la Convivencia.

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