Córdoba y Sidón
Capitales mediterráneas de la Cultura y el Diálogo 2027
La designación conjunta de Córdoba y Sidón (Saida) como Capitales Mediterráneas de la Cultura y el Diálogo 2027 no es ni accidental ni meramente simbólica. Forma parte de una estrategia política y cultural deliberada, desarrollada por la Unión por el Mediterráneo en colaboración con la Fundación Anna Lindh. Anunciada durante el 10.º Foro Regional de la UpM celebrado en Barcelona con motivo del Día del Mediterráneo (28 de noviembre de 2025), la iniciativa presenta la cultura como un canal práctico de cooperación en un momento en que las dinámicas políticas institucionales de la región siguen siendo frágiles.
El programa de las Capitales está concebido explícitamente como un binomio: una ciudad de la ribera norte del Mediterráneo y otra de la ribera sur u oriental. Su propósito no es simplemente otorgar una distinción simbólica, sino crear una plataforma, desarrollada a lo largo de un año, de programación cultural, participación juvenil, iniciativas patrimoniales y cooperación cívica. En este marco, el diálogo no es un ideal abstracto, sino una práctica que se traduce en festivales, exposiciones, proyectos educativos y colaboración institucional.
¿Por qué Córdoba y Sidón juntas?
Córdoba es reconocida internacionalmente como una ciudad emblemática de la memoria mediterránea de la convivencia: un lugar asociado a los intercambios intelectuales medievales, a las grandes corrientes de traducción y a la coexistencia —nunca simple, nunca idealizada— de comunidades musulmanas, judías y cristianas. En el extremo occidental del Mediterráneo, encarna una poderosa narrativa de síntesis cultural y de transmisión del saber escrito.
Sidón encarna una trayectoria histórica diferente, aunque complementaria. Una de las ciudades habitadas de forma continua más antiguas del mundo, representa el eje marítimo levantino: un puerto modelado por el comercio, las migraciones y la supervivencia frente a sucesivas crisis históricas. Allí donde Córdoba evoca bibliotecas, escuelas y cortes, Sidón evoca puertos, contratos, diásporas y circulación. Juntas, ambas ciudades forman un puente conceptual que une al-Ándalus con la cuenca oriental del Mediterráneo: traducción textual en una orilla, traducción social y comercial en la otra.
Esta complementariedad simbólica es precisamente lo que la iniciativa de las Capitales busca generar: un “espejo” Norte–Sur en el que distintas experiencias urbanas iluminan patrones mediterráneos compartidos.
Sidón: una ciudad de conexiones
La relevancia de Sidón dentro de un marco de cultura y diálogo reside en su larga historia como ciudad de conexiones más que como capital. Ya destacada en el tercer milenio a. C., la ciudad desempeñó un papel central en el mundo marítimo fenicio, contribuyendo a configurar la gramática de los intercambios mediterráneos: construcción naval, navegación, producción artesanal y escritura alfabética. Sidón exportaba vidrio, púrpura y saberes técnicos; importaba metales, cereales y bienes de lujo. Su prosperidad no dependía de la dominación territorial, sino de la confianza, la intermediación y la capacidad de tratar con forasteros.
Esta vocación mercantil produjo una cultura urbana acostumbrada al pluralismo. Capas fenicias, persas, helenísticas, romanas, judías, cristianas, musulmanas, cruzadas, mamelucas, otomanas y libanesas modernas se superponen más que borrarse unas a otras. El cercano templo de Eshmun —uno de los santuarios fenicios más importantes conocidos— refleja esta lógica en el espacio: situado fuera de la ciudad, junto a un río, servía tanto a la población local como a los viajeros, inscribiendo la vida religiosa a espacios de tránsito.
Como otras ciudades portuarias del Mediterráneo —Alejandría, Esmirna, Salónica—, Sidón pertenece a una familia de ciudades donde la identidad se negocia diariamente a través del comercio, la lengua y el derecho. La coexistencia rara vez fue aquí armoniosa, pero sí con frecuencia pragmática. Las minorías y los migrantes importaban no porque la tolerancia funcionara como un ideal abstracto, sino porque el intercambio dependía de ellos.
Diálogo bajo presión
La historia moderna de Sidón añade una urgencia particular a su designación. La guerra, la crisis económica y la inestabilidad política han marcado profundamente tanto a la ciudad como al Líbano en su conjunto. Elegir Sidón, por tanto, no consiste en celebrar una edad de oro perdida. Es una afirmación de que el diálogo se vuelve más necesario —y más significativo— allí donde la vida cultural persiste bajo presión. Para la UpM y la Fundación Anna Lindh, la cultura se convierte en una forma de diplomacia urbana: un medio para empoderar a las instituciones locales, las redes juveniles, las universidades, los museos y los actores de la sociedad civil con el fin de reconectar el Mediterráneo a través del trabajo compartido.
Las actuales misiones arqueológicas, iniciativas patrimoniales y organizaciones cívicas de Sidón proporcionan una infraestructura tangible para este tipo de implicación. Su tamaño —más reducido que el de Venecia, Estambul o Alejandría— puede incluso convertirse en una ventaja, permitiendo que los proyectos permanezcan arraigados en las realidades locales en lugar de derivar hacia el espectáculo monumental.
Una memoria mediterránea en espejo
Consideradas conjuntamente, Sidón y Córdoba articulan dos memorias mediterráneas complementarias. Sidón representa las tecnologías sociales del encuentro desarrolladas en las ciudades portuarias: intermediación, movilidad y gestión de las diferencias. Córdoba representa las tecnologías textuales e intelectuales del encuentro: traducción, erudición y aprendizaje institucional. Ambas son indispensables para cualquier comprensión seria del Mediterráneo como espacio compartido.
La designación de 2027 reconoce así algo fundamental. El Mediterráneo no fue construido únicamente por imperios y capitales, sino también por puertos, minorías, comerciantes y traductores: por ciudades que aprendieron a vivir con el movimiento. En ese sentido, Sidón no es periférica a la historia mediterránea, y Córdoba no es simplemente un monumento al pasado. Juntas, ofrecen un marco especialmente fértil para pensar —y practicar— el diálogo mediterráneo en la actualidad.
