Barras de bar y Convivencia

Le Nouvel Obs (París, 20 de febrero de 2026) nos ofrece una brújula estimulante: ¿y si la democracia también dependiera… de una barra de bar? En «Por qué hay que brindar con los vecinos… y no solo con ellos» (Pourquoi il faut trinquer avec ses voisins… et pas qu’eux), Véronique Radier se apoya en un estudio de Hugo Subtil (Universidad de Zúrich) que desmonta un reflejo demasiado cómodo: las conversaciones cotidianas, a veces desordenadas, a veces contradictorias, no son necesariamente el caldo de cultivo de lo peor. Pueden, al contrario, desactivar la radicalización.

El dato es contundente: cuando desaparecen los bares, el voto a favor de los extremos aumenta año tras año; cuando un local reabre, la tendencia se invierte poco a poco. Como si el simple hecho de cruzarse, hablar, discrepar sin descalificarse devolviera oxígeno al cuerpo social. Aquí la democracia no es una abstracción: se construye en espacios concretos donde se aprende a tratar con el otro.

Esta intuición resuena con la idea central de la obra La tiranía de las naciones pantalla: nuestras «naciones-pantalla» prometen conexión, pero a menudo organizan una separación amable —aislamiento confortable, conversación sin riesgo, comunidad sin alteridad. Seleccionamos a los semejantes, evitamos la fricción, sustituimos al vecino por el algoritmo. Pero la democracia no es un hilo de noticias: es un arte del desacuerdo habitable, es decir, un arte de convivencia.

Véronique Radier lo dice sin moralina: cuanto menos nos conocemos, menos nos hablamos, más nos odiamos. Así que sí: brindemos. No para huir del mundo, sino para reencontrarlo en torno a una mesa, donde la palabra vuelve a ser compartida.

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